Por José Luis Olimón Nolasco

En un contexto en el cual, la semana pasada y, en menor medida, la presente, siguen siendo semanas en las que las actividades habituales entran en receso y algunas que no lo son entran en acción, quienes hemos sido “testigos de” y “actores en” este fenómeno polivalente de transición que en nuestro país contiene rasgos posreligiosos y poscatólicos de forma preferente, nos damos cuenta de lo que, a lo largo de algo así como medio siglo, ha cambiado la manera de celebrar este periodo del año.

Recuerdo las estaciones de radio locales dejando de lado su programación habitual y llenándola con música clásica y temas de carácter religioso. Años más tarde, cuando la televisión había llegado ya a la mayor parte del país, también en ella, la programación tenía un marcado acento de carácter religioso. En cambio, hoy en día, no es fácil encontrar programación con ese tipo de temas en su programación, en las plataformas de “streaming” o en las redes sociales, aunque, eso sí, en los diarios suelen entrar en receso los editoriales y análisis ordinarios y los titulares de los noticieros y programas de opinión, desaparecer del mapa. Bueno, en nuestro contexto reciente, hasta “las mañaneras” entraron en receso, como signo de que se trata de unos días diferentes.

Algunas costumbres que se conservan, pues, pero en un contexto distinto. Algo que es mucho más evidente en la vida ordinaria, en la que han desaparecido la mayor parte de las costumbres de los “días santos” en los que el eje rector era el pesar por la muerte de Jesús que se reflejaba en unos días de asueto en casa, de participación en las celebraciones religiosas por parte de un buen número de miembros del pueblo creyente, ya fuera en la liturgia oficial, ya fuera en una serie de eventos de carácter religioso como la visita a los siete templos, las siete palabras, el rosario del pésame, las Judeas, todo ello en un ambiente de recogimiento que concluía con el todavía denominado “Sábado de Gloria” con todo y la costumbre de bañarse “a cubetazos” como muestra de que el tiempo de penitencia había concluido y que, después de no haberse bañado, quizás, a lo largo de la semana santa [costumbre que estaba relacionado con el temor de convertirse en peces], había llegado el momento de volver a hacerlo.

El cambio de fondo de estos “días ‘todavía’ santos” tiene que ver con que su eje rector no es ya el pesar por la muerte de Jesús, sino el contar con algunos días de vacaciones dedicados, preferentemente, a ir a la playa o, simplemente, a disfrutar de la libertad que, para amplios sectores de la sociedad, proporciona el asueto en el trabajo y en la escuela.

En ese nuevo contexto sociocultural, en mayor o menor medida, se sabe que estos días son “santos” y por qué lo son, aunque la santidad de algo o de alguien no es algo que sea altamente valorado o que forme parte del proyecto de vida de las personas, por lo que la “santidad” de una semana tiene cada vez menos sentido para un cada vez mayor número de personas, limitándose a poco más que un adjetivo.

Con todo, no está por demás, dedicar unas “palabras” a lo que para los cristianos da sentido a esta Semana Santa, así como al periodo previo [Tiempo de Cuaresma] y al periodo posterior [Tiempo de Pascua]; unas “palabras” a lo que, desde el punto de vista cristiano, constituye el eje de la historia no solo de quienes creen en el Resucitado, sino de la humanidad en su conjunto.

Ese eje de la historia se concentra —como en la Pascua judía— en un pasar de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad, del desierto a la tierra prometida…

En medio de tantas y tantas lecturas y reflexiones que pretenden dar testimonio y, en la medida de lo posible, razón de este acontecimiento, se puede destacar el hermoso relato del evangelio según san Juan del lavatorio de los pies en la cena de despedida “cuando el diablo había sugerido a Judas Iscariote que lo entregara” y sabiendo Jesús “que llegaba la hora de pasar de este mundo al Padre”. Un pasaje que muestra, simbólicamente, la manera de amar hasta el extremo: despojándose del manto —generalmente no usado por las clases pobres—; ciñéndose una toalla a la cintura y lavando los pies a todos sus apóstoles, incluyendo a Tomás, quien iba a dudar de su resurrección, A pedro que le negaría tres veces y a Judas, quien estaba a punto de entregarle.

Amar hasta el extremo, despojándose de sí mismo y siendo obediente hasta la muerte de cruz, se puede resumir con palabras de un cántico introducido en la Carta a los Filipenses el núcleo central de la celebración de estos días “santos” que culminan, según la escuela joánica, en la misma cruz en la que Jesús, muriendo es exaltado, retorna al Padre y entregando el Espíritu.

Para concluir, una interpretación novedosa de un detalle del pasaje del lavatorio de los pies: el ceñirse el “lention” que usaban los esclavos para secar las manos de los comenzales antes de porceder a lavar los pies de los apóstoles.

“Jesús, ciñéndose como los antiguos guerreros, debe ganar la batalla de la muerte. Jesús no lucha para no morir, sino para que su muerte tenga sentido y no sea ciega y absurda. Se ciñe para no morir odiando, sino amando. Jesús va hacia su propia muerte ceñido con el cinturón de la paz. Va a morir por todos, por eso lava también los pies a Judas que está sentado a la mesa. Y Jesús les seca los pies con el paño ceñido, sin quitarlo, porque muere luchando”, escribe Fray Miguel de Burgos O.P. en su sugerente comentario.

Gracias Jesús, por amarnos hasta el extremo y por invitarnos a amar hasta el extremo…

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