“A la brevedad posible” ―prometía en mi más reciente colaboración para El Meridiano de Nayarit― dedicaría unas palabras a la obligada ausencia del Papa Francisco en la COP28 sobre el cambio climático y a la apertura oficial a bendecir a parejas del mismo sexo.

Pues bien, por lo pronto ―tres semanas después de aquella promesa― dedicaré las palabras de esta colaboración al tema de las bendiciones a las parejas del mismo sexo, un tema que, por cierto, hace algún tiempo se convirtió en “tendencia” en las redes sociales en nuestro estado y en el que se muestra, una vez más, el acento singular del pontificado de Francisco que parece radicar ―a diferencia del acento “moral” de San Juan Pablo II y del acento “teológico” de Benedicto XVI― en carácter pastoral de su ministerio petrino, lo que traté de expresar en mi anterior colaboración.

Este asunto de las bendiciones a parejas del mismo sexo se inscribe, evidentemente, en el contexto de las tensiones culturales posmodernas que, como todo cambio sociocultural, constituye un reto para una institución milenaria como la Iglesia Católica, un reto, al que ha de hacer frente sin renunciar al “depósito de la fe” de la que está llamada a ser custodia y sin cerrarse al mundo en el que le tocó vivir.

Más concretamente, este asunto de las bendiciones a parejas del mismo sexo ha conducido a los umbrales de un impostergable discernimiento ante la práctica creciente de este tipo de bendiciones por un lado y ante el rechazo de estas por el otro.

En ese contexto ―como lo señala la Declaración “Fiducia suplicans” del Dicasterio para la Doctrina de la Fe― el Papa Francisco se había pronunciado al respecto en su respuesta a las “dubia” que le presentaron los cinco cardenales mencionados en mi anterior colaboración.

A partir de esa respuesta, después de consultar a expertos, de un amplio proceso de elaboración, de debatirse en el Congreso de la Sección Doctrinal del Dicasterio y de ser presentada y aprobada por el Papa Francisco con su firma, se publicó esa Declaración cuyo nombre ―tomado como siempre de las primeras palabras del texto en latín “Fiducia suplicans” [La confianza suplicante]― parece conducirnos a la actitud de quien pide ser bendecido.

A diferencia de otros documentos pontificios y eclesiásticos en los que se hace mención explícita de sus destinatarios, este documento no los explicita. Sin embargo, de su lectura parece posible deducir que sus destinatarios principales son aquellos que entre los católicos y, muy especialmente entre los ministros ordenados se oponen a esta práctica por considerarla contraria a la teología de los sacramentos en general y del matrimonio en particular.

Por ello, en la presentación de la Declaración, el Cardenal Víctor Manuel Fernández, Prefecto del Dicasterio, subraya: “la presente Declaración se mantiene firme en la doctrina tradicional de la Iglesia sobre el matrimonio, no permitiendo ningún tipo de rito litúrgico o bendición similar a un rito litúrgico que pueda causar confusión”; a lo que añade: “el valor de este documento es ofrecer una contribución específica e innovadora al significado pastoral de las bendiciones, que permite ampliar y enriquecer la comprensión clásica de las bendiciones estrechamente vinculada a una perspectiva litúrgica. Tal reflexión teológica, basada en la visión pastoral del Papa Francisco, implica un verdadero desarrollo de lo que se ha dicho sobre las bendiciones en el Magisterio y en los textos oficiales de la Iglesia”, para concluir con unas palabras que no dejan lugar a dudas: “es precisamente en este contexto en el que se puede entender la posibilidad de bendecir a las parejas en situaciones irregulares y a las parejas del mismo sexo, sin convalidar oficialmente su status ni alterar en modo alguno la enseñanza perenne de la Iglesia sobre el Matrimonio”.

Tal vez la clave de lectura de esta Declaración se pueda encontrar en la expresión medieval “Concede parum, nega frequenter, distingue semper” [concede a veces; niega frecuentemente, distingue siempre] que, en el fondo es una exhortación a no aceptar ni negar sin más y a distinguir siempre, o bien, como se dice en nuestros días: “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”.

En este caso, la distinción clave es la que se da entre la bendición del ministro a una pareja heterosexual que ha expresado su consentimiento en una celebración sacramental del matrimonio ―”una cosa es una cosa”― y la bendición que se da a una pareja del mismo sexo que la solicita ―otra cosa es otra cosa―.

Ahora bien, para que esa distinción no se reduzca a una distinción nominal, en la “Fiducia suplicans” se distingue también entre los 7 sacramentos reconocidos como tales y los denominados “sacramentales” que “son signos sagrados con los que, imitando de alguna manera a los sacramentos”, que posibilitan que “casi todos los acontecimientos de la vida […] sean santificados por la gracia divina que emana del misterio Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, de quien reciben su poder todos los sacramentos y sacramentales, y que todo uso honesto de las cosas materiales pueda estar ordenado a la santificación del hombre y a la alabanza de Dios”.

En esa misma línea se pueden considerar, por un lado, la insistencia en que la forma de estas bendiciones “no debe encontrar ninguna fijación ritual por parte de las autoridades eclesiásticas, para no producir confusión con la bendición propia del sacramento del matrimonio” y, ´por otro, la invitación a “evitar el apoyar su praxis pastoral en la rigidez de algunos esquemas doctrinales o disciplinares, sobre todo cuando dan ‘lugar a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar’”.

Difícil, sin embargo que, en un contexto de tensiones, quienes rechazan cualquier tipo de concesión a las parejas del mismo sexo, esta Declaración con sus distinciones y su espíritu pastoral les provoque algún cambio en su mente y en su corazón y que a los ojos de la cultura dominante, al menos en occidente, sea este un avance suficiente.

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