
Al estado de Nayarit le ha ido mal con numerosos gobernantes. De eso da cuenta uno de los periodistas más respetados de la historia local, don Antonio Pérez Cisneros. Varios de ellos fueron mediocres, otros más fueron en extremo mentecatos, más fueron puercamente cleptómanos y los peores, quizá, son los desagradecidos. La adicción al dinero de gobernantes ladrones ha erosionado la cultura de pago que en buena medida prevalece en el presente. En el gobierno que preside el Gobernador Miguel Ángel Navarro, eso ha cambiado a duras penas, pero por buenas razones.
El papel del Estado en la sociedad se concibe de diferentes maneras. Hay quienes suponen que debe actuar como gendarme y hasta ahí. Hay quienes consideran que el Estado puede llenar los vacíos que no cubren los sectores sociales. Hay otros más que consideran que el Estado debe regir toda la economía y debe asignar a los sectores sociales lo que le corresponde a cada cual. En cualquier caso, el Estado requiere de ingresos para hacer lo que se considere que debe hacer. Personalmente sólo conozco una teoría, la marxista, que plantea la posibilidad de que el Estado se extinga cuando ya no se requiera un mecanismo de dominación social.
Ese Estado al que me refiero tiene como instrumento de ejercicio de poder y de administración al gobierno. El gobierno obtiene dinero para hacer lo que se considere necesario de varias fuentes. Una de ellas son los impuestos. Para el caso de nuestro país, los principales son el Impuesto Sobre la Renta, el Impuesto al Valor Agregado, el Impuesto Especial sobre Producción y Servicios y ahora de manera sobresaliente, los Impuestos al Comercio Exterior (que son aranceles a las exportaciones y a las importaciones). El gobierno también accede a recursos financieros por el cobro de servicios públicos. Hay otra “buena” cantidad de fuentes de financiamiento a los que podríamos referirnos, pero no es el tema central de estas reflexiones. No obstante, para el análisis en este caso, debemos mencionar que la deuda pública también es otra fuente de financiamiento de las acciones de gobierno.
Lo que aquí se pone de relieve se relaciona más bien con la cultura de pago que se requiere para que el gobierno logre financiar sus actividades. Esa cultura de pago también se relaciona con la cultura de la otra cara de esa misma moneda, la cultura de cobro.
La cultura de pago fue erosionada debido a lo que los ciudadanos observaban impotentes. A la gente no se le engaña: a lo largo de la vida hemos visto como algunos sujetos llegaban al gobierno con las manos en las bolsas y como salían del gobierno con las bolsas en las manos. Muchos funcionarios se han enriquecido a su paso por el gobierno. Se suele decir que el amor, el dinero y lo pendejo no se pueden ocultar. Los que saquean el dinero público ignoran formas de ocultar su dinero mal habido. Los malhechores erosionan la credibilidad del gobierno y de esa manera la cultura de pago se erosiona. La gente se pregunta: ¿para qué pago impuestos, para que se lo roben en el gobierno? La interrogante tiene una manifestación en el pago de sus contribuciones. La gente no quiere pagar impuestos porque siente que el dinero que paga como multidimensional contribución, se lo va a robar un funcionario o un “representante popular”.
Otra cara de lo mismo, es la cultura de cobro. Cuando algunos representantes populares o funcionarios tienen la esperanza de ser candidatos a otro cargo, por lo general de mayor jerarquía, se abstienen de cobrar impuestos o por servicios. En buena medida eso es un respiro para el contribuyente, que en este caso es visto como elector potencial. Un respiro, porque una y otra vez la gente ve como le extraen dinero del deprimido bolsillo para enriquecerse o para pagar campañas electorales. Dicho de otro modo: la gente se mira de pronto ante una falsa disyuntiva. Si paga impuestos o servicios, se lo roban algunos gobernantes; si no le cobran, es porque quieren un cargo mejor para robar con mayor amplitud de la pala.
Una de las peores esferas donde se percibe la falta de cultura de pago, la ausencia de cultura de cobro y lo atrabiliario de los costos es en la esfera de los servicios. Un caso de excepción es el cobro de la energía eléctrica por parte de la CFE, con casos aislados donde esta aseveración resulta falsa. Las peores áreas de gobierno (federal, estatal, municipal), mejor ni mencionarlos, pero podríamos analizar a detalle los casos más emblemáticos. Lo que nos queda claro, es que algunos servicios se cobran de manera arbitraria, o sea, como se le pega la gana a quien elabora o aprueba las leyes de ingresos.
Desde la llegada al gobierno de Navarro Quintero, los ingresos propios se han incrementado. Algunas razones tienen que ver con procesos de modernización de los mecanismos de cobro de contribuciones o de servicios. No obstante, me parece que se debe privilegiar como explicación un hecho observable: las personas tienen una buena percepción de la forma en que se manejan los recursos públicos. En Uruguay, la gente consolidó una buena percepción en un José Mujica. Son otros más los ejemplos que se podrían citar.
Cuando las personas observan que el gobierno da resultados, se muestra más dispuesta a pagar. El gobierno que sabe que solamente con recursos frescos puede responder pronto y bien, se decide a cobrar sin que los afanes de popularidad se conviertan en barrera. La cultura de pago tiene en la cultura de cobro su otro rostro de las fuentes de financiamiento de su operación. No obstante, la honestidad es columna vertebral que preside las dos naces que en una en realidad: la cultura de pago y la cultura de cobro.







