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Cambia Yurima el hogar por la placa y el deber

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La oficial comparte los retos de equilibrar su vocación policial con la nostalgia por su vida familiar

Dejar la comodidad de ser ama de casa para portar el uniforme de la Policía Estatal exige una fortaleza que va más allá de lo físico. Para la oficial Yurima Isabel Gómez Mojarro, cada jornada comienza con una transformación profunda: al cerrar la puerta de su hogar, el rol de madre y pilar de familia cede su lugar a la disciplina de la ley. A sus 37 años, reconoce que el verdadero desafío de su oficio no reside en las armas o los operativos, sino en la lucha silenciosa contra la nostalgia de los días ausentes.

El “desapego” es la palabra que define su sacrificio más grande. En la corporación, donde cumple ya cuatro años de servicio, ha aprendido que el deber tiene un costo emocional que se paga con cumpleaños perdidos y ausencias en momentos de enfermedad. Ésta es la carga más pesada que lleva sobre los hombros, pues aunque el entorno laboral es controlado y seguro, la distancia de sus seres queridos en fechas significativas marca el corazón de quien decide dedicar su vida a proteger la de los demás.

Dentro de la institución, la agente ha encontrado un espacio de respeto y trato digno. Asegura que en su trayectoria nunca ha enfrentado situaciones de acoso o falta de consideración por parte de sus compañeros. En materia de equidad, destaca que existe una sensibilidad especial hacia las madres ante emergencias familiares, aunque en el terreno operativo el esfuerzo no distingue géneros: el trabajo se cumple con la misma intensidad de día y de noche para todos por igual.

La vocación de servicio no le llegó por herencia, sino a través del contacto directo con los ciudadanos. Recibir el afecto de las personas que honran a quienes visten de azul le confirmó que su camino era el correcto. Yurima sostiene que para ser un buen elemento policiaco se requiere una combinación exacta de carácter y valor. Sólo quien posee la voluntad de ayudar puede enfrentar los riesgos que la profesión implica, encontrando en el agradecimiento social el combustible para seguir adelante.

Su historia es un mensaje de aliento para las mujeres que consideran integrarse a la carrera policial pero temen por la falta de experiencia previa. Ella ingresó a la corporación a los 33 años, demostrando que el interés genuino por aprender es suficiente para adquirir los conocimientos necesarios. Para la oficial, servir a la comunidad es un motivo de orgullo que trasciende las penas personales, reafirmando que cualquier persona, con determinación, puede encontrar un propósito noble en la protección de su entorno.

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