
Una ejecutiva de un grupo mediático estadounidense escribió en Twitter un mensaje que pretendía burlarse del candor del primer mundo. Antes de abordar un vuelo de once horas hacia Sudáfrica, lanzó una broma sobre el sida y su condición de mujer blanca. El tuit estalló, y al aterrizar supo que era tendencia mundial por haberse leído como racista. La despidieron, e interrumpió el viaje porque amenazaban con huelgas en los hoteles donde se hospedaría. Conocí la historia en un libro de Jon Ronson sobre la humillación en las redes, ilustrado con casos como el suyo, en que las no tan «benditas redes» desmoronan una vida entera. Por un malentendido, a veces. Porque se quiso decir una cosa y se entendió otra. Como en el amor, como en el odio, como en la paz.







