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viernes, marzo 20, 2026
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La primavera del desierto

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El equinoccio de marzo coincide este año con el avance implacable de la Cuaresma, creando una tensión extraña en el paisaje de Tepic. Mientras las jacarandas comienzan a teñir de violeta las avenidas y el calor anuncia la retirada definitiva del invierno, la liturgia nos invita a permanecer en la sobriedad del desierto. Esta coincidencia climática y espiritual revela una de nuestras erratas más profundas: la tendencia a buscar florecimientos externos antes de haber saneado la raíz. Observamos la ciudad embellecerse con la luz de la primavera y asumimos que ese brillo debe reflejarse en nuestra agenda social, ignorando que el orden del espíritu exige un proceso de poda que suele ser invisible y, con frecuencia, doloroso.

La dinámica urbana de estos días se concentra en la planificación del escape. Los escaparates de las plazas comerciales exhiben artículos de playa y la publicidad nos bombardea con la promesa de una felicidad vinculada al consumo y al sol. Existe una urgencia casi desesperada por habitar la superficie, por llenar el vacío con ruido y por evitar a toda costa el silencio que la temporada cuaresmal intenta imponer. Esta huida hacia adelante constituye un síntoma de nuestra incapacidad para lidiar con la verdad de nosotros mismos. Preferimos la distracción de la temporada vacacional porque el examen de conciencia requiere una valentía que pocos están dispuestos a ejercer en un mundo que rinde culto a la apariencia.

Se lee en las visiones del profeta Jeremías una advertencia sobre aquellos que curan la herida de su pueblo con liviandad, diciendo “paz, paz”, cuando no existe tal paz. Nosotros replicamos esa conducta al intentar resolver nuestras crisis internas con cambios de escenario o con el simple cumplimiento de ritos alimenticios. La Cuaresma funciona como una auditoría de la autenticidad. De nada sirve que la ciudad se llene de flores si nuestras relaciones familiares están marchitas por la falta de perdón o si nuestra ética profesional se ha secado bajo el sol del egoísmo. La primavera auténtica, la que permanece después de que las jacarandas han caído, nace de la honestidad de quien reconoce sus propias erratas y decide corregirlas con acciones concretas.

La sabiduría de la tradición antigua nos ofrece la historia del sembrador que salió a esparcir su semilla, encontrando que buena parte de ella cayó en terreno pedregoso. En el contexto de Nayarit, ese terreno pedregoso es nuestra costumbre de entusiasmaros con lo nuevo sin limpiar primero los escombros del pasado. Queremos una sociedad próspera, segura y justa, pero nos resistimos a retirar las piedras de la corrupción cotidiana, de la ventaja injusta y del desprecio por la norma común. La semilla de una vida mejor requiere profundidad de tierra, un espacio donde la convicción tenga raíces lo suficientemente fuertes para soportar el calor de las pruebas que vendrán. Sin esa preparación previa, cualquier florecimiento social será efímero y estéril.

La ética del atrio nos recuerda que la libertad auténtica se conquista en la renuncia. En una sociedad que nos educa para acumular y exhibir, el mensaje de la Cuaresma resulta casi subversivo. Se nos pide soltar el lastre de la soberbia y el peso de las máscaras para reencontrarnos con nuestra esencia más humilde. Esta renuncia tiene como fin la ligereza. Quien viaja con poco equipaje llega más lejos y disfruta mejor el camino. La fe de erratas de este viernes consiste en admitir que estamos cargando con demasiadas pretensiones y que es momento de simplificar nuestra existencia para recuperar la capacidad de asombro y de servicio.

Resulta necesario observar el comportamiento de nuestra comunidad ante la crisis de agua que el estiaje comienza a agravar en Tepic. Mientras algunos derrochan el recurso en el mantenimiento de estéticas privadas, otros padecen la escasez en las colonias periféricas. Esta desigualdad es un reflejo de nuestra falta de comunión. La espiritualidad de este tiempo debe traducirse en una gestión responsable de lo que es de todos. La austeridad cuaresmal encuentra un campo de aplicación inmediata en el ahorro, en el cuidado del entorno y en la consideración hacia el vecino. La santidad se manifiesta hoy en el respeto al bien común y en la conciencia de que nuestros privilegios no deben construirse sobre la carencia de los demás.

Las crónicas de los primeros seguidores de Jesús registran que la vida verdadera se encuentra al perder la vida propia en favor de los otros. Esta paradoja es la piedra angular de cualquier transformación real. En lugar de buscar la salvación individual en el éxito económico o en el reconocimiento social, el atrio propone la inversión de la lógica: el que sirve es el más grande. Aplicar este principio a la realidad política y social de Nayarit significaría un cambio de paradigma radical. Significaría que el poder se entiende como una carga de responsabilidad y no como un botín de beneficios personales. La primavera del espíritu empieza cuando dejamos de ser el centro de nuestro propio universo.

Al concluir este viernes, mi invitación es a mirar las jacarandas con una nueva perspectiva. Que su belleza nos recuerde que todo florecimiento es temporal y que lo que realmente importa es la calidad de la savia que corre por dentro. La corrección de nuestras erratas no puede esperar a que pase la temporada de vacaciones; debe iniciar hoy, en la intimidad de nuestra decisión de ser mejores ciudadanos y seres humanos más compasivos. Que el sol de marzo nos ilumine no para broncear la piel, sino para dar claridad a la conciencia, permitiéndonos caminar hacia el final de este tiempo con la frente en alto y el corazón dispuesto a la renovación verdadera.

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