
¿Aceptarías ser el espectador digital de una boda de un amigo o amiga?, de alguna u otra forma somos espectadores digitales de muchos eventos, esto es, damos seguimiento a la final del Clásico Mundial de Béisbol, al SuperBowl, a la entrega de los Premios Oscar, entre otros tantos, esto es, somos testigos en tiempo real de lo que sucede allí desde la comodidad de nuestra pantalla en el teléfono celular o computadora.
Circuló en redes sociales el testimonio de alguien que en verdad fue invitado a ser espectador digital a una boda. Me generó varias preguntas, por ejemplo, cómo darle seguimiento desde una pantalla, en dado caso de aceptar, ¿debe el invitado virtual vestir de gala, él mismo tener más invitados que lo acompañen, cenar lo mismo que los novios, debe enviar regalo? Y no, no es un capítulo sacado de la popular serie Black Mirrow, es la vida real que no deja de sorprendernos.
Sin embargo, esta invitación nos da pretexto también para recordar que ya hemos vivido esto antes, al darle seguimiento a shows de 24 horas en vivo como El Gran Hermano, La Casa de los Famosos y similares, donde la intimidad y la discreción pareciera se ponen a la venta al mejor postor.
Tal vez en el caso de la boda más de alguna de las personas seleccionadas para ser espectador digital sí se sienta especial, ya que no es una invitación abierta, es un listado seguramente que se hizo con la misma atención que con el listado de quienes estarán de forma presencial en la ceremonia y festejo, quienes, de paso pregunto en voz alta, sabrán que se transmitirán en vivo sus actos y movimientos a los espectadores digitales, los presenciales darán sus consentimiento de alguna forma, o el aceptar estar presentes en la boda es suficiente permiso; de nuevo, es pregunta.
La justificación de la amiga que invitó a la persona a ser espectador digital me pareció entendible: el lugar donde se llevará a cabo el festejo no es muy amplio y por lo tanto el número de invitados reducido, pero ella, la novia, sí quiere que el invitado sea parte de alguna u otra forma en su festejo, por ello tuvo a bien invitarlo para ser testigo desde su pantalla en forma de espectador digital.
El debate se abre, hay opiniones y preguntas de todo tipo, la dinámica de lo que antes era típico o tradicional se enfrenta de golpe y porrazo con la incursión de la etiqueta digital y sus ceremoniales paralelos. Lo cierto es que, nos guste o no, el espectador digital llegó para quedarse.
Las pantallas ya no son únicamente ventanas al entretenimiento o la información, sino que se han convertido en butacas de primera fila para los momentos que antes exigían presencia física y, con ella, un abrazo, un brindis o una lágrima compartida. Zygmunt Bauman sostenía que en la modernidad líquida hasta los vínculos más sólidos tienden a volverse flexibles, adaptables, ligeros. Una boda con espectadores digitales parece, en ese sentido, un síntoma perfectamente baumaniano. Quizás la pregunta de fondo no es si debemos aceptar o rechazar estas nuevas formas de ser parte de la vida del otro, sino qué estamos dispuestos a llamar “estar ahí”. Porque si algo nos ha enseñado la era digital es que la distancia ya no es siempre sinónimo de ausencia, aunque tampoco, hay que decirlo, de presencia completa.
@rvargaspasaye
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