Para este tercer “asomo” a los misterios del Triduo Sacro había pensado comentar la homilía del Papa León XIV en la Vigilia Pascual 2026…
Sin embargo, de repente, esa idea mutó en mi interior y fue sustituida por un comentario que abarcara no solo la primera homilía de León XIV en una Vigilia Pascual desde la Sede de Pedro, sino hacerlo también con la última homilía de Francisco, esa que, a causa de la cercanía de su propia pascua, fue leído por el cardenal Giovanni Battista Re…
Lo primero que llamó mi atención al ir leyendo ambas homilías fueron las referencias que “los dos papas” hacen en los primeros párrafos al Cirio pascual ―símbolo de la luz del Resucitado― y al pregón que acompaña su colocación una vez que de su luz se han encendido los cirios y velas presentes…
De hecho, León XIV inicia su homilía con una breve cita de la letra del Pregón: “el santo misterio de esta noche […] disipa el odio, doblega la dureza de los poderosos, promueve la justicia y la paz”, mientras que Francisco, subrayando “místicamente” que “es de noche” “cuando el cirio avanza lentamente hacia el altar” y “cuando el canto del himno dispone nuestro corazones al gozo”, cita otro texto del pregón: “inundada de tanta claridad, el fulgor del Rey eterno venció la tiniebla que cubría el orbe entero”…
El signo de la luz, el paso de la oscuridad a la luminosidad invita a revivir “el memorial de la victoria del Señor de la vida sobre la muerte y el infierno”, dice el papa nacionalizado peruano y Francisco ―el papa venido “desde el fin del mundo”―, subraya la humildad y la discreción de la luz de la Resurrección: la “luz de la Resurrección ilumina el camino paso a paso, irrumpe en las tinieblas de la historia sin estrépito, resplandece en nuestro corazón de manera discreta”; “La Pascua del Señor no es un evento espectacular con el que Dios sí impone y obliga a creer en Él; no es una meta que Jesús alcanza por un camino fácil, esquivando el Calvario […]. Al contrario, la Resurrección es como pequeños brotes de luz que se abren paso poco a poco, sin hacer ruido, a veces todavía amenazados por la noche y la incredulidad”.
La referencia a las lecturas proclamadas durante la celebración [siete del Antiguo Testamento y dos del Nuevo Testamento, incluido el evangelio] es breve en ambos casos; más en el de Francisco, quien se limita ―siempre con esa referencia al entorno nocturnal― a decir: “Al terminar la noche, suceden los hechos narrados en el Evangelio que acabamos de proclamar (cf. Lucas 24,1-12); la luz divina de la Resurrección se enciende y la Pascua del Señor ocurre cuando el sol aún está por salir. Con los primeros destellos del alba, se ve que la gran piedra que cubría el sepulcro de Jesús ha sido retirada y que algunas mujeres llegan a ese lugar llevando el velo del luto. La oscuridad envuelve la confusión y el temor de los discípulos. Todo sucede en la noche”.
León XIV, por su parte, hace un breve recorrido por las lecturas descubriendo en ellas momentos clave de la historia de la salvación, en la que Dios “ante la dureza del pecado que divide y mata, responde con el poder del amor que une y devuelve la vida”.
En la sección más reflexiva de sus homilías se puede descubrir, en el caso de Francisco, lo que bien se podría denominar una firme esperanza escatológica que no cierra los ojos a los múltiples motivos de desesperanza histórica; una firme esperanza en que el amanecer de un nuevo día llegará sin falta aunque aún es de noche… y lo seguirá siendo hasta que llegue la hora que solo el Padre conoce…
“No podemos celebrar la Pascua sin seguir enfrentándonos a las noches que llevamos en el corazón y a las sombras de muerte que con frecuencia se ciernen sobre el mundo. Cristo ha vencido el pecado y ha destruido la muerte, pero en nuestra historia terrena, la potencia de su Resurrección aún se está realizando”.
“La mañana de Pascua, las mujeres, venciendo el dolor y el miedo, se pusieron en camino”…
Con estas palabras, inicia León XIV el momento reflexivo de su mensaje, en el que hace referencia a la gran piedra que esperaban encontrar sellando el sepulcro y en el que subraya que no se dejaron intimidar y que “gracias a su fe y a su amor fueron ―María de Magdala y la otra María, de acuerdo con el relato de Mateo― las primeras testigos de la Resurrección”…
“En el terremoto y en el ángel ―sigue diciendo el Papa―, sentado sobre la roca volcada, vieron la potencia del amor de Dios, más fuerte que cualquier poder del mal, capaz de ‘expulsar el odio’ y de ‘doblegar a los poderosos’. El hombre puede matar el cuerpo, pero la vida del Dios del amor es vida eterna, va más allá de la muerte y ningún sepulcro la puede aprisionar”.
No podían faltar, en ambos casos, “las aplicaciones a la vida”…
En ese contexto, León XIV dice, muy “agustinianamente”: “Al igual que las mujeres, que corrieron a anunciarlo a los hermanos, también nosotros queremos partir esta noche, desde esta basílica, para llevar a todos la buena noticia de que Jesús ha resucitado y que, con su fuerza, resucitados con Él, también nosotros podemos dar vida a un mundo nuevo, de paz y de unidad, como «muchos hombres y un hombre solo; muchos cristianos y un solo Cristo»”.
Y Francisco, en el que ahora podemos interpretar como sus “últimas palabras” ―ya que “al tercer día” después de esta Vigilia Pascual, el lunes 21 de abril viviría “su pascua personal”―, resume así la misión de los cristianos en esta “hora” de nuestro mundo”: “Reproducir la Pascua en nuestra vida y convertirnos en mensajeros de esperanza, constructores de esperanza mientras tantos vientos de muerte aún soplan sobre nosotros”.
“Toda nuestra vida puede ser presencia de esperanza. Queremos serlo para quienes carecen de fe en el Señor, para quienes se han extraviado, para los que se han rendido o caminan encorvados por el peso de la vida; para quienes están solos o encerrados en su propio dolor; para todos los pobres y oprimidos de la tierra; para las mujeres humilladas y asesinadas; para los niños que nunca nacieron; para aquellos que son maltratados; para las víctimas de la guerra…







