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jueves, mayo 14, 2026
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¿Cuánto cuesta sobrevivir?

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Hace un año escribí una columna titulada “¿En dónde iremos a vivir?”. En ese momento pensé que el panorama inmobiliario en Nayarit ya era preocupante. Hoy me doy cuenta de que en realidad apenas comenzábamos a sentir “el verdadero terror”.

Lo entendí cuando dejé de ver el tema como una estadística y me tocó enfrentarlo de frente.

Hace poco comencé a buscar vivienda, y es que el dicho dice el casado casa quiere. Mi idea era algo nada extravagante. No estaba buscando una casa enorme ni vivir en una zona exclusiva. Solo algo decente. Un espacio donde pudiera existir cierta tranquilidad, donde no pareciera que uno comparte pared, techo y pensamientos con los vecinos. Y fue ahí donde apareció el golpe de realidad.

El crédito de Infonavit apenas alcanza para cubrir una parte de lo que hoy cuesta una vivienda promedio. Los terrenos pequeños, “básicos”, de 7 por 15, ya cuestan lo mismo que hace algunos años costaba una casa completa, claro hablando de los escriturados porque los “irregulares” o ejidales, andan en lo mismo que un vehículo “austero”, pero nuevo. Y mientras más buscaba, más absurda comenzaba a sentirse toda la situación.

Durante mucho tiempo nos vendieron la idea de que trabajar duro eventualmente daba resultados. Que quizá no sería rápido, ni sencillo (créeme, sencillo jamás), pero que tarde o temprano uno podría aspirar a ciertas cosas básicas como independizarse, rentar algo propio, formar una familia, comprar un terreno, construir una casa.

Hoy esa idea comienza a sentirse cada vez más lejana. Y lo más preocupante es que mucha gente ya ni siquiera lo discute. Simplemente se acostumbró.

Nos acostumbramos a ver casas de dos millones de pesos en ciudades donde los salarios apenas sobreviven. Nos acostumbramos a que la renta suba cada año, aunque la ciudad siga igual de rota. Nos acostumbramos a vivir más lejos, a compartir vivienda, a tener roomies más allá de la universidad, a hacer cuentas todo el tiempo y a sentir culpa incluso cuando descansamos.

Trabajar ya no garantiza avanzar. Ese quizá es el cambio más fuerte que está ocurriendo frente a nosotros.

El problema de la vivienda dejó de ser únicamente inmobiliario. Ahora es emocional, generacional y hasta psicológico. La sensación constante de que el futuro se encarece más rápido de lo que uno puede alcanzarlo… ¡Uf! Dios mío santo, es desgastante y angustiante.

Hace algunos años comprar una casa parecía difícil. Hoy empieza a sentirse irreal, imposible. Basta mirar lo que ocurre en el estado.

Mientras se presume cifras históricas de inversión turística y crecimiento inmobiliario, cada vez más personas sienten que vivir aquí se vuelve más complicado. Los desarrollos siguen apareciendo. Las torres siguen creciendo. Los complejos residenciales continúan expandiéndose. Bahía de Banderas se consolidó como uno de los mercados inmobiliarios más dinámicos del país y Tepic comenzó a encarecerse como si fuera una ciudad turística internacional, una anomalía total.

El problema es que los salarios no crecieron al mismo ritmo.

Y tarde o temprano esa contradicción termina explotando en la vida diaria.

Porque una cosa es leer que el estado recibe miles de millones de dólares en inversión. Otra muy distinta es abrir aplicaciones de vivienda y descubrir que incluso con crédito hipotecario muchas casas ya quedaron fuera de alcance.

La desconexión comienza a sentirse absurdamente brutal.

Hay personas con empleo formal, estudios universitarios y jornadas completas que aun así no pueden comprar vivienda. Hay trabajadores que sostienen sectores enteros de la economía turística mientras viven cada vez más lejos porque rentar cerca de su trabajo ya es imposible.

Y mientras eso ocurre, seguimos escuchando el mismo discurso de siempre, “crecimiento, desarrollo, plusvalía, inversión” pero, ¿Para quién?

Algo de lo que pocas veces se habla es del desgaste que produce vivir dentro de ese crecimiento. Porque todo se encarece al mismo tiempo, se ponen de acuerdo para ver quien te ahoga más pronto.

La vivienda. La comida. El transporte. Los servicios. La ciudad. La vida misma. Y el salario, bien gracias, parece quedarse detenido mirando cómo todo avanza sin él.

El desgaste tampoco es solamente financiero. Cada vez más personas viven cansadas. No únicamente cansadas de trabajar, sino cansadas de sostener un ritmo que parece no terminar nunca.

Datos recientes del IMSS muestran que alrededor de 7 de cada 10 trabajadores mexicanos reportaron fatiga relacionada con estrés laboral y problemas de sueño. Y el problema no es menor. Dormir poco no solo genera agotamiento: afecta la atención, la memoria, la capacidad de tomar decisiones y hasta la estabilidad emocional.

México además continúa siendo uno de los países donde más horas se trabajan frente al promedio de la OCDE, falta mucho para el 2030 y la reducción de la jornada laboral, o falta poco para que nos desempleemos y la inteligencia artificial ocupe nuestro lugar (es paranoIA). Y, aun así, para millones de personas, trabajar más ya no significa necesariamente vivir mejor.

Ahí aparece otra de las contradicciones más incómodas del modelo actual. Vivimos agotados intentando alcanzar un nivel de estabilidad que parece alejarse constantemente.

La gente duerme menos. Descansa menos. Trabaja más.

Y aun así siente que nunca termina de avanzar, es como si estuviéramos en una caminadora, nos movemos, pero estamos estáticos.

Ya no se trabaja para crecer, se trabaja para mantenerse. Para pagar deudas. Para sacar adelante el hogar, aunque sea rentado. Para completar la semana sin que aparezca otro gasto inesperado.

Quizá por eso también aumenta la informalidad. Mucha gente intenta generar ingresos extra porque el salario simplemente dejó de alcanzar. Y cuando finalmente cae algún trabajo adicional, entre impuestos, comisiones bancarias y gastos acumulados, la sensación es que una parte importante del esfuerzo desaparece antes siquiera de tocar el bolsillo.

Lo más extraño es que el deterioro no siempre ocurre de forma escandalosa. A veces aparece en pequeñas cosas.

En darte cuenta de que antes la despensa duraba más. En descubrir que trabajar más horas ya no significa vivir mejor. En entender que independizarse dejó de ser un paso natural y empezó a convertirse en privilegio. En mirar precios de terrenos pequeños y sentir que también ya pertenecen a otra realidad.

O incluso en algo tan simple como una quesadilla.

Hace tiempo escribía que el problema no era únicamente que las cosas costaran más caras, sino que cada vez comenzaban a dar menos. La comida se hace más pequeña. Los productos duran menos. Las porciones cambian. Y poco a poco uno termina aceptándolo como si fuera normal.

Ese quizá es uno de los cambios más peligrosos de todos.

No solamente se encogen los productos; también se encogen las expectativas.

La gente empieza a conformarse con menos espacio, menos tiempo, menos descanso, menos estabilidad. Lo que antes parecía insuficiente poco a poco comienza a sentirse “razonable” simplemente porque sobrevivir ya consume demasiada energía.

Y ahí aparece algo todavía más incómodo: la costumbre.

Porque el problema no es únicamente que todo se vuelva más caro. El problema es la facilidad con la que aprendemos a tolerarlo.

Poco a poco la conversación cambia.

Antes uno pensaba en comprar casa.Ahora uno piensa en sobrevivir sin quedarse demasiado atrás.

Y eso termina modificando incluso la manera en que imaginamos el futuro.

Cada vez más jóvenes permanecen en casa de sus padres durante más tiempo. Los datos recientes de la Encuesta Demográfica Retrospectiva 2025 lo reflejan con claridad. Compartir vivienda dejó de ser una etapa temporal y comenzó a convertirse en estrategia permanente. Tener roomies ya no es algo universitario; es necesidad económica. Vivir lejos dejó de ser elección, se convirtió en norma.

Y hay algo todavía más extraño detrás de todo eso.

Aunque las familias son cada vez más pequeñas, las casas también lo son. Desaparecieron muchas de aquellas viviendas grandes donde varias generaciones convivían o permanecían cerca para cuidar a los padres conforme envejecían. Hoy mucha gente se va buscando oportunidades, pero también vive con el miedo silencioso de la distancia. El miedo de enterarse demasiado tarde. El miedo de que un padre o una madre envejezcan solos, y enfermen o mueran mientras uno intenta sobrevivir en otra ciudad.

Son pensamientos que empiezan a instalarse cada vez más seguido.

Mientras tanto, el mercado inmobiliario sigue celebrando récords.

Las propiedades aumentan de valor. La plusvalía continúa creciendo. Los desarrollos se siguen vendiendo.

Pero cada vez resulta más difícil ignorar la otra cara del modelo.

La de quienes construyen viviendas que nunca podrán habitar. La de quienes trabajan en hoteles donde jamás podrán vivir cerca. La de quienes nacieron en estas ciudades y empiezan a sentir que permanecer en ellas será cada vez más complicado.

Porque quizá el problema ya no es únicamente no poder comprar una casa.

El problema es comenzar a sentir que incluso trabajando todo el tiempo el futuro sigue alejándose.

Y cuando una generación empieza a perder la idea de futuro, también empieza a perder arraigo. Sentido de pertenencia. Identidad.

Vivimos en una época donde casi nada parece pertenecernos realmente.

La música es rentada. Las películas también. Pagamos plataformas que muchas veces ni siquiera tenemos tiempo de usar. Los videojuegos existen en servidores que pueden desaparecer cualquier día. Incluso el entretenimiento se volvió temporal.

Todo parece diseñado para consumirse, hasta nosotros mismos… pero no para quedarse.

Y quizá por eso también comienza a crecer cierta sensación de vacío. La idea constante de estar sobreviviendo dentro de un sistema donde trabajamos cada vez más, pero poseemos cada vez menos.

La gente deja de planear. Empieza solamente a resistir.

Nayarit vive uno de los ciclos de crecimiento económico más fuertes de los últimos años. Eso es real. La inversión existe. La expansión también.

La pregunta es otra.

Si ese crecimiento terminará construyendo ciudades donde la población pueda vivir con dignidad… o únicamente mercados cada vez más rentables para quien pueda pagar el precio de quedarse en ellos.

Y aquí vuelve la misma pregunta de hace un año.

¿En dónde iremos a vivir? O peor todavía, ¿En dónde vivimos hoy?

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