Juan Villoro le responde a Caparrós con una idea que ordena la carta: los Mundiales sirven para revisar la propia biografía en plazos de cuatro años. Uno recuerda a quién quería de novia en España 82, quién le hizo caso en México 86, con quién se casó en Italia 90. El torneo marca el tiempo de una vida. Y esta vez la cuenta incluye dos pruebas del cuerpo: la enfermedad de su amigo y la muerte de su madre.
La primera la cuenta con sobriedad. Villoro recuerda el día en que Caparrós le compartió su diagnóstico, ELA, en un restaurante de Madrid. En la mesa de al lado, cuatro magistrados hablaban a gritos, y el escritor argentino los encaró: «¿No podrían gritar más bajo?». El mexicano lo lee como a alguien que increpa a un árbitro, y de esa escena saca una conclusión sobre la entereza de su amigo: la noticia derrumbaba a quien la escuchaba más que a quien la cargaba.
De ahí pasa a una observación sobre el oficio. Los héroes del futbol son víctimas de su profesión. Rodri recibió el Balón de Oro en muletas en 2024, y un año después Dembélé llegó lesionado a la misma ceremonia. El deporte gasta a quienes mejor lo juegan. La literatura ofrece otra clase de compensación: la enfermedad no ha frenado a Caparrós, que sigue escribiendo con la fecundidad de «un Balzac porteño», y que incluso se ha puesto a escribir letras de canciones.
La segunda prueba es reciente y propia. Hace unos días murió la madre de Villoro. Por teléfono le contó a Caparrós de sus semanas en terapia intensiva y de la injusticia que lo desvela: una mente lúcida e irónica, sin un cuerpo que la sostuviera. Caparrós, con la voz gastada tras un taller, le respondió con dos palabras que dan título a la carta: «¡Dímelo a mí!». Esa réplica encierra dos cosas: el viejo problema de la mente y el cuerpo, que ningún filósofo ha resuelto, y el sentido mismo de la correspondencia. Cuando Villoro le habla de la muerte y del fútbol, habla con alguien que conoce el mismo terreno. La amistad, escribe, produce un raro milagro: «lo que te digo, lo entiendes mejor que yo».
Entre las dos pruebas, el escritor deja una nota sobre la terquedad de esta afición. Con los años perdió otras pasiones, del heavy metal a la televisión, y el futbol todavía lo irrita, lo deprime y lo entusiasma; una pasión que no se apaga. Lo confirma con un ejemplo: cuando Gonzalo Higuaín, argentino como Caparrós, fichó por el Real Madrid y se puso la camiseta blanca que Vázquez Montalbán detestaba, Villoro sintió un rechazo inmediato hacia un muchacho que no le había hecho nada. Su sistema nervioso, formado por un padre barcelonista, reaccionaba solo. La tribu se hereda.
La carta cambia de tono al llegar al Mundial de 2026. Villoro describe a la FIFA como un «consorcio vandálico» que en México opera como una fuerza de ocupación. Alrededor del Estadio Azteca, en Santa Úrsula, los vecinos necesitan un salvoconducto para entrar y salir de sus casas. La ciudad amaneció sitiada el día de la inauguración: maestros acampados por mejoras salariales, vallas de acero que les cierran el paso al Palacio Nacional, ocho manifestaciones convocadas por causas en su mayoría justas, madres que buscan a sus desaparecidos y campesinos sin tierra, entre otras. En una de las vallas, los maestros pintaron la consigna que resume el reclamo: «El futbol es del pueblo, no de la FIFA». El deporte más popular del planeta, anota el cronista, se gestiona como un acto para privilegiados.
Villoro cierra con lo práctico y lo hondo a la vez. Para llegar al estadio, que abre al amanecer, dormirá en casa de unos parientes en Tlalpan, a cinco kilómetros de la cancha, en una logística que compara con escalar el Everest sin oxígeno. Promete contar después su paso por las gradas. Y deja una idea sobre por qué dos amigos se escriben de futbol y de muerte en la misma página: porque hablan el mismo idioma. Para el lector, la pieza ofrece un cruce poco común, el de una crónica deportiva que es a la vez una carta sobre la pérdida y sobre lo que la amistad hace con ella.







