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domingo, julio 5, 2026
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¿Vale la pena estudiar?

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Fue la pregunta que ocurrió mientras íbamos hacia la calzada por unos tacos de birria y unas carnitas. Sin olvidar obviamente las obligadas aguas frescas. Había pasado por mi amigo a su negocio con el pretexto de convivir luego de haber obtenido el grado de maestro en educación. Las solemnidades no son para mí. Disfruto más de los tacos y de las pláticas. Así se celebra mejor. Lisonjear no me agrada.

Con su pregunta mi amigo quitó de mí una insatisfacción. Según yo, no recibí por parte del cuerpo sinodal preguntas profundas acerca de mi tema. Que mi amigo me preguntara «¿Vale la pena estudiar?» superó no sólo las preguntas de mi examen de titulación. Superó el trabajo mismo que presenté. Esa pregunta está para mil doctorados.

Intentaré recapitular aquellas respuestas sin academicismos. Desde la experiencia que mis intereses personales han dejado y la identidad profesional que he forjado. Así como si en este momento me estuviera comiendo aquellos tacos. Así de llano y de sencillo. Personalmente sí creo que valga la pena estudiar. A mí me gusta hacerlo. Me gusta conocer. De filosofía, de medicina, de sociales, de naturales, asuntos culturales, literarios y un largo etcétera. Las gratificaciones no son monetarias ni gratificante la actividad misma de estudiar. Estudio por lo que puedo hacer después de haber estudiado; al compartirlo con otros o al usarlo en soliloquios en mi cuarto o mientras manejo.

En primera, no creo que el fin de la educación sea enriquecerse. Ganar dinero se ha asociado a diferentes actividades a lo largo de la historia de la humanidad. Cuando el resultado de estudiar era un diferenciador para actividades laborales, entonces quien estudiaba tenía la probabilidad de ganar más. Hoy día no lo es. Muchas actividades laborales pueden prescindir de personal sin mayores estudios.

Se gana dinero donde se pueda vender caro y/o barato a muchos. La educación no tiene ese mercado. En México lo intelectual avergüenza e incomoda. No se puede vender algo que genere estas reacciones.  Se capitaliza lo popular. Y aunque la educación sea para el pueblo, no se ha sabido popularizar. Lo comercializable lo elige la gente. Y a veces eligen cosas impredecibles o incompatibles educacionalmente. Si el día de mañana se monetiza defecar en una esquina y grandes defecadores resuelven su vida económicamente, no significa que defecar en las esquinas sea una actividad que la escuela deba absorber, enseñar o resulte más valiosa que estudiar. El mercado y la educación tradicionalmente se han asociado, pero son mundos distintos. Estudiar no sirve para ganar dinero. 

Estudiar es cambiar comportamientos y hábitos. Haber estudiado deja conductas benéficas en comparación con no haberlo hecho. Van desde conductas dirigidas hacia sí mismo, hacía los demás y hacía las cosas que nos rodean. La persona que no estudia no sabe qué hacer consigo mismo en soledad. Queda bajo el dominio de los placeres inmediatos. Descuida su entorno porque desconoce las consecuencias de ello. Es insensible al desarrollo humano y a los fenómenos sociales. Es pobre de lenguaje. Se le dificulta pedir ayuda, expresar lo que siente, comprender el mundo más allá de su círculo y relacionarse con la hostilidad de la vida. Es un animal con lenguaje, pero sin regulación anímica. Vulnerable a los mitos, al mercado y a los mañosos. Hace de su vida lo que las tendencias muestran. Reemplaza racionalidad asertiva por una emocionalidad agresiva. Estudiar permite visibilizar estas condiciones primarias humanas para luego poder cambiarlas.

Si una de estas bestias impulsivas en contra de la educación me preguntara «¿Vale la pena estudiar?», le respondería que no. Imposible aprovechar los frutos de la educación entre gente con estos comportamientos y hábitos. Estudiar cambia lo que hacemos, pero antes debemos de generar las condiciones de estudio y educación que hagan no rechazar lo que estemos por aprender. Alguna de estas bestias seguro usaría el lápiz para lastimar a otros y el papel de los libros para iniciar un fuego contra quien le incumpla alguno de sus caprichos.

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