Desconozco si mi padecimiento tiene nombre en los tratados médicos. A contracorriente del resto, soy incapaz de emocionarme con los deportes y alguna competencia pública reglada. Jamás vi por televisión un partido de futbol, y cuando supe que había quien los escuchaba por radio, me pareció un delirio inaudito. Este domingo, en la hora casi sagrada en que México entero se reunió a ver a su selección contra Inglaterra, acudí a mi cafetería, libre de pantallas y gritos. No me resistí, sin embargo, a leer los reportes telegráficos en la edición digital de un diario. Sentí entonces una emoción tenue, la necesidad inexplicable de que México empatara y luego ganara. Me da igual curarme o no de este raro padecimiento; me sorprendió esta sanación pasajera. ¿Encontrar placer en leer un partido de futbol?







