Mis relaciones con los estadios de futbol han sido escasas: cuatro en total. La primera, de preparatoriano, por invitación de Rogelio Zúñiga al Nicolás Álvarez Ortega, donde me divirtió más un chiflado que corría con una camilla en pleno juego, incitado por la afición ebria al grito de «¡camillero!». La segunda, en el Estadio Azteca, donde presenté examen de admisión a la UNAM entre miles de aspirantes que ocupamos las gradas. La tercera, en el Hidalgo de Pachuca, para recoger a mi hijo tras una estancia en su cantera. La cuarta, otra vez en el Azteca, aunque no en vivo ni por televisión ni radio. La seguí por el reporte lapidario del sitio web de un diario, como conté ayer. Cuatro estadios en toda una vida, y el último ni siquiera lo pisé.







