Por Mary Valdez Aguilar *

Tenía aproximadamente 6 años. Mi mamá nos compró una muñeca rubia de ojos azules, vestido con sombrero rojo de terciopelo y zapatos blancos. Dado que no había posibilidades de comprar dos, a mi hermana de decían “Es tuya, pero no le digas a Mary”. A mí “Es tuya pero no le digas a Tamara”. En realidad yo no jugaba con la muñeca. Disfrutaba viéndola de adorno sentada en el buró. Nunca me dieron ganas de arrullarla o peinarla. Sin embargo, me gustaba mucho un poema que mi mamá nos leía sobre una muñeca enferma. Las palabras sonaban como magia en mi mente y sentía las mismas emociones de la niña al escuchar al médico decir que no era de peligro y que esa tos sólo se quita con un caramelo o dos. En estos momentos se disparan en mí los recuerdos de una infancia feliz, corriendo entre piedras y tierra, jugando a las escondidas, el bebeleche y al matarile. Y preferí siempre esos juegos que las muñecas.

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*Médico

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