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2024: el pueblo fue cuerdo, locos fueron los ‘ideólogos’

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La habían emprendido contra el Presidente López Obrador. La emprendieron contra el mismo mandatario estatal Miguel Ángel Navarro. Los resultados, decían, serán los de una elección plebiscitaria. La gente emitirá “voto de castigo”, profetizaban convencidos. El tiro les salió directo a su cara. El castigo se convirtió en franco reconocimiento a gobiernos de corte social, dicho sea en la lógica de ese mismo concepto de la “elección plebiscitaria”. El castigo se manifestó contra los obstruccionistas de la transformación del país y del estado. El pueblo fue cuerdo, locos fueron los “ideólogos”.

Son muchos los que se dicen sorprendidos. Muchos los que se hacen bolas con los resultados del pasado dos de junio. Me refiero a los que deseaban resultados distintos a los que la realidad les arrojó al rostro. Las especulaciones y los malos deseos no se ajustaron a la cruda y dura realidad. Por eso los números no les cuadran.

Los números no les cuadran a los que se volvieron locos. Dicen que el poder ofusca a los inteligentes y que a los pendejos los vuelve locos. ¿Por qué enloquecieron algunos intelectuales? ¿Por qué la gente mostró cordura, seriedad y respeto al asistir a las urnas? Las respuestas son claras. Los intereses del pueblo están claros.

Ahora, tras sesudos análisis los derrotados concluyen que son los programas sociales por los que la gente emitió su voto. Puede ser que así haya ocurrido. No obstante, esa tesis no significa que la gente haya “vendido” su voto, como quieren hacer creer.

La gente votó en favor de los programas sociales. En efecto, pero eso no significa que las personas hayan vendido su voto. Lo que significa es que la gente desea políticas públicas donde sea el eje en torno al que giran las decisiones del gobierno. La teoría de las “clientelas”, que parten del supuesto de que la gente vota amenazada con que se le van a retirar los programas sociales, resulta totalmente absurda.

Tanto en el ámbito federal como en el plano local, la mayoría se siente beneficiaria de programas sociales. No solamente es así, sino que es su absoluto derecho. A eso se debe agregar algo que aparentemente es intangible, pero que la gente siente en su vida cotidiana.

Me refiero a las políticas orientadas a combatir la corrupción y a recuperar, al menos en parte, lo que fue saqueado del patrimonio de todos los mexicanos, de los nayaritas en particular. En ese empeño coinciden el presidente López Obrador y el gobernador del estado Navarro Quintero.

Parece ser que la gente se hartó de promesas tan artificiosas como la de “preservar las instituciones”, mismas que se repartieron los que hoy son los grandes perdedores. La gente quiere que las instituciones sirvan para su bienestar cotidiano. Cuando los perdedores se dedicaban a “preservar instituciones”, lo que en realidad ocurría es que veíamos como se las repartían en la lógica del botín obtenido con engaños.

Es sorprendente ver que algunos de los “ideólogos” se muestren como emisarios de un pasado que realmente nadie merece, aunque algunos lo prefieran para su beneficio. Las entelequias que prometían los que perdieron las elecciones pasadas, realmente eran ruedas de molino. Por eso nadie las tragó.

Esos “ideólogos” se mostraron locos, como bien lo sostenía hace treinta años el profeta de Mixcoac, Octavio Paz. Perdieron los fariseos. Evidentemente, gran parte de la población mexicana desea que las cosas cambien para su beneficio. En realidad, los programas sociales son apenas una pequeña parte de lo que la gente desea. La gente desea vivir en una sociedad más justa, en la que logre obtener los beneficios que merece. Nadie quiere nada regalado, pero todo mundo clama por ser justamente pagado. La gente quiere que la dejen trabajar, la gente desea poder hacer las cosas que puede y sabe, para vivir mejor, sin regalos de ninguna especie. Los programas sociales no son un regalo caído como maná del cielo. Eso al parecer es algo que no entendieron, o algunos intelectuales recibieron el dinero suficiente para no creer. Solamente que parecían haber enloquecido.

La gente realiza un esfuerzo diario para salir adelante. Un enorme segmento poblacional, ha trabajado toda su vida para vivir medio bien o medio mal. Ahora que ya no puede esforzarse de la misma manera en que lo hizo a los 15 o veinte años, carece de una jubilación, no tiene una pensión que le garantice una vejez digna. Por eso el programa respectivo y hasta es poco.

En realidad, sí hubo un voto diferenciado por parte de los electores. Las cifras deben analizarse al menos en dos planos. Por una parte, se deben analizar las cifras correspondientes a la elección federal. Por otra, se deben analizar las cifras de las elecciones para designar a titulares de cargos públicos de elección popular en el plano local. El trabajo es enorme, pero puede ser enormemente esclarecedor.

Lo que puede quedar claro es que la gente votó sin dejarse influir por campañas que pretendían aterrorizar a la población. Lo que debe quedar claro para los gobernantes, es que ese voto de confianza compromete a mantenerse en la ruta de las transformaciones profundas. Transformaciones que deben traducirse en resultados que la gente vea y sienta en su vida cotidiana. El plebiscito, así, fue ganado por López Obrador y por Navarro Quintero. El resultado es justo.

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