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viernes, julio 3, 2026
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El contagio del tradicionalismo: cuando la Tradición deja de ser camino de comunión

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Por el Pbro. Jorge Luis Zarazúa Campa, FMAP

Las recientes declaraciones del superior general de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, Davide Pagliarani, en respuesta a los llamados del Papa León XIV, obligan a la Iglesia a reflexionar serenamente sobre una cuestión que la acompaña desde hace décadas: la diferencia entre la Tradición católica y el tradicionalismo. Aunque ambos términos parecen semejantes, expresan realidades profundamente distintas.

El problema nunca ha sido el amor por la Tradición. Al contrario, ningún católico puede vivir sin ella. La Tradición constituye, junto con la Sagrada Escritura, el único depósito de la Revelación divina confiado a la Iglesia (cf. Dei Verbum, 9-10). Es la memoria viva del Pueblo de Dios, la transmisión fiel del Evangelio bajo la guía constante del Espíritu Santo. Gracias a ella, la fe apostólica llega íntegra a cada generación.

El conflicto comienza cuando esa Tradición deja de entenderse como una realidad viva y se convierte en una ideología. Es decir, cuando algunos grupos consideran que poseen una interpretación exclusiva de la Tradición y se atribuyen el derecho de juzgar permanentemente al Magisterio vivo de la Iglesia, a los concilios ecuménicos e incluso al Romano Pontífice.

En ese momento aparece lo que puede llamarse el tradicionalismo ideológico.

No consiste simplemente en conservar formas litúrgicas antiguas o valorar la riqueza espiritual del pasado. Consiste en absolutizar una determinada etapa histórica de la vida de la Iglesia hasta convertirla en la única medida válida de la ortodoxia. Todo desarrollo posterior es visto con sospecha; toda profundización doctrinal es interpretada como ruptura; toda reforma pastoral se considera una traición.

La consecuencia es grave: la Iglesia deja de contemplarse como un organismo vivo, conducido por el Espíritu Santo, para convertirse en una fotografía inmóvil que no puede crecer ni responder a los desafíos de cada época.

La respuesta ofrecida por el padre Pagliarani refleja precisamente esta tensión eclesiológica. En el plano formal se reconoce la legitimidad del Papa. Sin embargo, en la práctica se limita su autoridad cada vez que su magisterio no coincide con una determinada interpretación de la Tradición. Surge así una especie de magisterio paralelo, donde son determinados grupos quienes deciden qué documentos pontificios aceptar, qué concilios considerar vinculantes y qué enseñanzas pueden ser ignoradas.

Esta dinámica plantea una pregunta decisiva: ¿quién interpreta auténticamente la Tradición?

La respuesta católica ha permanecido constante desde los Padres de la Iglesia hasta nuestros días: corresponde al Magisterio de la Iglesia, ejercido por los obispos en comunión con el Sucesor de Pedro. No porque el Papa esté por encima de la Revelación, sino porque ha recibido la misión de custodiarla, interpretarla auténticamente y servir a la unidad del Pueblo de Dios.

Por ello, el verdadero riesgo no afecta únicamente a quienes pertenecen a la FSSPX. Existe un fenómeno más amplio y quizá más preocupante: la difusión de una mentalidad según la cual cada creyente puede seleccionar qué enseñanzas del Magisterio acepta y cuáles rechaza. Bajo esa lógica, la comunión eclesial deja de fundamentarse en la fe compartida para convertirse en una suma de opiniones individuales.

Paradójicamente, esta actitud termina pareciéndose a aquello que históricamente el catolicismo cuestionó en la Reforma protestante: la sustitución de la autoridad de la Iglesia por el juicio privado como criterio último de verdad.

La historia enseña que los grandes cismas rara vez comienzan con una negación abierta del Papa. Generalmente nacen de un proceso más sutil: se conserva el reconocimiento nominal de su autoridad, pero se vacía progresivamente de eficacia práctica. Se obedece únicamente cuando sus enseñanzas coinciden con las propias convicciones. Cuando dejan de hacerlo, se invoca una autoridad superior construida desde la propia interpretación de la Tradición.

Entonces la Tradición deja de ser fuente de comunión para convertirse en un instrumento de confrontación.

Conviene recordar que la Tradición auténtica nunca se opone al Magisterio vivo. Ambos forman parte de la misma realidad querida por Cristo para custodiar el depósito de la fe. Separarlos significa romper el equilibrio que ha sostenido a la Iglesia durante veinte siglos.

Por ello, el llamado del Papa León XIV no debe entenderse como una invitación a abandonar la Tradición, sino como una exhortación a vivirla plenamente dentro de la comunión eclesial. La Iglesia necesita custodiar con gratitud su inmenso patrimonio litúrgico, espiritual y doctrinal; pero necesita hacerlo desde la obediencia de la fe y no desde la autosuficiencia de quienes terminan erigiéndose en árbitros de la ortodoxia.

El verdadero contagio del tradicionalismo no consiste en amar el pasado. Consiste en desconfiar de la acción permanente del Espíritu Santo en la Iglesia. Porque cuando se pierde la certeza de que Cristo continúa guiando hoy a su Iglesia por medio del Magisterio legítimo, la Tradición deja de ser una corriente viva que comunica la fe apostólica y se convierte en una ideología incapaz de generar comunión.

La auténtica Tradición siempre conduce a Cristo, siempre fortalece la unidad y siempre permanece en comunión con Pedro. Todo lo que rompe esa comunión, por muy noble que parezca su intención, termina alejándose de la naturaleza misma de la Tradición que dice defender.

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