Juan Villoro le contesta a Martín Caparrós «después de una pausa de hidratación», y entra defendiendo al acusado de la carta anterior. Donde el argentino se burló del arquero argelino, el mexicano sale en su auxilio con humor: Luca Zidane juega obligado con máscara, una incomodidad doble, escribe, porque es «el portero más apuesto del Mundial» y no puede mostrar el rostro. Concede que estuvo endeble, pero recuerda que despejó de forma espectacular el mejor tiro de Messi. La cortesía con el rival fija el tono de toda la respuesta: donde Caparrós afila, Villoro matiza.
El cruce de plumas converge enseguida en la misma estampa, Messi sentado en el césped. También a Villoro lo impresionó, y la describe con una imagen que es ya literatura: el genio tenía «la mirada del niño que avista por primera vez el río Paraná». No lo veía afectado por la hazaña de los tres goles, ni repasando sus malas decisiones, que el cronista enumera sin piedad, la evasión de impuestos en España, el saludo a Trump, la promoción del Mundial en Arabia Saudí. «El mejor futbolista del mundo estaba al margen de sí mismo».
De esa abstracción saca su mejor idea. Villoro recurre al último cuento de Borges, La memoria de Shakespeare, donde un erudito hereda los recuerdos del dramaturgo y descubre que son tan comunes como los de cualquiera; lo asombroso, dice, fue lo que el bardo «ejecutó con ese material deleznable». La conclusión vale para los dos genios: «ser Shakespeare (o ser Messi) es banal. Lo milagroso es que la genialidad se sustente en alguien común». La carta encuentra ahí su centro, la grandeza nace de una materia ordinaria.
El escritor vuelve después al reproche que Caparrós había dejado abierto, el de las máquinas. Defiende a Messi de quienes pidieron roja por la plancha del minuto 31, un gesto rudo que para él merecía amarilla, y de paso lanza su teoría sobre el VAR, que llama «detectivesca, o tal vez sólo paranoica». Tras el escándalo de corrupción que el FBI destapó en la FIFA, sostiene, los nuevos jerarcas, en lugar de aceptar mejores auditorías, endurecieron la vigilancia de la cancha. El VAR, dice, «dio estatus jurídico a la pantalla», contentó a las televisoras y vendió la ilusión de un arbitraje «científico».
La crítica aterriza en una imagen que nadie olvida una vez leída. Hoy el fuera de juego se mide en centímetros, y Villoro recuerda que en la Eurocopa de 2024 un gol de Lukaku se anuló porque su pene «estaba un milímetro por delante del defensa», cuando «todo el mundo sabe que eso no da ventaja, al menos no para anotar». Su propuesta correctiva es de un disparate exacto: que el offside se juzgue a ojo, y que se fije «un criterio de pollos rostizados: pata o pechuga de ventaja».
Antes de seguir con el balón, el cronista se permite una venganza contra el villano de la serie. De Gianni Infantino, «el hombre más odiado por la afición», anota que usa su jet sin pensar en la huella de carbono y que en cada partido luce más viejo. Y le dedica un deseo cruel y memorable: que las arrugas se intensifiquen «hasta que se disuelva en un palco», con un obituario posible, «La desaparición de un hombre demasiado visible».
El repaso de la jornada es donde Villoro despliega su catálogo de hallazgos. Argentina y Francia cumplieron como favoritos; España pasó un trago amargo ante Cabo Verde, cuya defensa, dice, practicó «el virtuosismo de endurecer la pierna sin cometer faltas». La figura de ese partido fue el arquero caboverdiano Vozinha, de cuarenta años, formado como electricista, a quien «la aldea global le rindió su mayor tributo»: pasó en noventa minutos de cincuenta y seis mil a cuatro millones de seguidores en Instagram.
Para retratar la esterilidad de España, el escritor recupera una historia que el colombiano Álvaro Cepeda Samudio quiso filmar y que quedó en el cementerio de los guiones, la de unos pescadores que encuentran un ahogado y lo llevan de casa en casa buscando quién lo reconozca, hasta que, cansados, lo devuelven al mar. Algo así, dice, le ocurrió a España «que no encontró rumbo para el balón que tanto retuvo». La metáfora hace el trabajo de un análisis táctico entero.
El recorrido sigue con su música de frases. Portugal cayó ante el Congo, y Villoro ironiza sobre «el melancólico país del fado» que pierde los papeles al pisar el césped, con Pepe en la tribuna y dos discípulos sosteniendo «la tradición gamberra que hace feliz a Mourinho». El mejor encuentro, dictamina, fue el Inglaterra 4, Croacia 2, con «un inmenso Harry Kane»; al Equipo de los Tres Leones, que necesitaba sufrir, le inventa un lema de medicina antigua, «Agítese antes de usarse».
El remate cierra el círculo con Caparrós y con el país anfitrión del norte. Los gringos, escribe, están tan orgullosos de tener a Messi que la cadena Fox tuvo que aclarar con un anuncio que el 10 no juega para Estados Unidos. El dato lo enmarca, verificado, en un país donde, según el Innovation Center for US Dairy, 17.3 millones de personas creen que la leche con chocolate viene de vacas marrones. Y de esa ignorancia extrae, en la última línea, una pirueta que reconcilia el disparate con la belleza: «un crack no es una vaca cualquiera: da leche con chocolate».
La pieza confirma el contraste que hace valiosa la serie. Frente a la melancolía iracunda de Caparrós, Villoro pone una erudición risueña que convierte cada jugada en un cuento, de Borges a Cepeda Samudio, del pene de Lukaku a las vacas marrones. Los dos hablan del mismo Mundial, pero el argentino lo mira como un dueño que pierde su finca y el mexicano como un lector que encuentra, en la cancha, la misma materia ordinaria con la que se hace, a veces, una genialidad.







