La institución tradicional de la crianza opera bajo un diseño estético que la investigación social contemporánea define como un absoluto engaño. En la biblioteca de la Universidad Autónoma de Nayarit, la aparición de un volumen colectivo quiebra el consenso del silencio que rodea al trabajo reproductivo en la entidad. Diecinueve mujeres vinculadas a las aulas, la investigación y el posgrado de la segunda década del siglo XXI firman un registro de supervivencia autobiográfica que no busca la complacencia del lector. Sus páginas ejecutan una demolición sistemática del romance institucional y de las expectativas que configuran a la madre perfecta como un objeto de consumo ideológico. Lo que se expone es la crudeza de una experiencia que se ejecuta sin el acompañamiento armónico de las narrativas oficiales, una ejecución literal a capela.
La introducción de la obra, coordinada por Mariana Betzabeth Pelayo Pérez, sitúa el origen del texto en la necesidad de confrontar el “aromatizado ideal del romanticismo incuestionable” que anula las dimensiones de la frustración biológica. El lenguaje burocrático de las instituciones de salud y los discursos políticos de las figuras en el poder suelen encapsular el ejercicio de gestar en una categoría prístina. Sin embargo, la entrada en la maternidad se describe en esta investigación como un “cambio profundo y devastador” donde la habitualidad, las noches de sueño profundo y la estabilidad mental desaparecen de manera inmediata. La estructura del libro se divide en travesías, claroscuros y resistencias corporales que actúan como un espejo de la hostilidad urbana y económica que presiona a la mujer profesionista (sic) en el Nayarit actual.
El prólogo de la doctora Lourdes Consuelo Pacheco Ladrón de Guevara aporta la base teórica e histórica para comprender las prisiones biológicas y los secuestros del mercado. La inserción de las mujeres en el ámbito laboral y la exigencia capitalista de cumplir de manera simultánea el rol de trabajadora eficiente y madre abnegada constituyen la médula de una nueva domesticidad tecnológica. Pacheco señala con claridad que la autonomía para decidir cuándo procrear terminó capturada por una estructura que exige que la mujer sea una entidad exitosa que mantenga la procreación “como el logro más espectacular de sus vidas”. Esta demanda cultiva culpas en quienes atraviesan la universidad y descubren la incompatibilidad absoluta entre los horarios de los contratos laborales y el llanto en el interior del hogar.
La transición identitaria es el primer dolor moral que registran las autoras. El yo previo al nacimiento se diluye en una fragmentación corporal sobre la cual la mujer pierde por completo el dominio técnico. Tania Nadiezhda Plascencia Cuevas, en el primer capítulo de la antología, describe esta muerte subjetiva desde su experiencia como docente e investigadora de nivel superior. Fiel a su formación en el área financiera, organizó su presupuesto anual y planificó cada ingrediente socialmente implícito antes de la llegada de su primera hija: pareja, casa, coche e ingresos. La irrupción de la realidad barrió con el orden del inventario. Confiesa en su texto el impacto de este quiebre al escribir que “la mujer que había sido hasta entonces se iba a diluir, incluso desaparecer por completo para resurgir en alguien que ni yo misma conocía”.
El testimonio de Georgina Castillo Castañeda profundiza en la maternidad no elegida, aquella que surge como el paso mecánico dictado por la educación tradicional y las sentencias del clan familiar. El contexto regional del porfiriato social que aún vigila las conductas en la provincia mexicana exigía casarse antes de los treinta años y llegar virgen al matrimonio, omitiendo la preparación para la violencia de las intervenciones médicas. Relata la frialdad de una cesárea de emergencia a las treinta y cuatro semanas de gestación, desprovista de cualquier rasgo de empatía humana por parte de los operadores del sistema de salud. La entrada a la sala de operaciones se describe como un acto de agresión donde la mujer yace desnuda bajo cubrebocas anónimos.
La desconexión del mito del instinto materno aparece en la recuperación postquirúrgica. Frente a la imposibilidad física de amamantar a su hija de manera inmediata, Castillo enfrentó la represión y el juicio de la estructura médica. El relato rompe la vitrina al cuestionar la mentira de las verdades veladas. En su autoetnografía, la autora amalgama el desespero de las primeras jornadas en el hogar con una frase directa: “me pregunté dónde estaba ese supuesto instinto materno que tendría que haberse encendido hace bastante tiempo para saber cómo tomar al bebé en brazos antes de ser reprendida por la enfermera”. El llanto a dúo y el cansancio acumulado revelan que las teorías del desarrollo aprendidas en las aulas universitarias sólo actúan como multiplicadores de la angustia privada.
La serie continuará con la disección del cuerpo herido, la lactancia dolorosa y la violencia obstétrica en la segunda entrega. Este primer examen forense de Maternidades a capela establece que la resistencia de las universitarias nayaritas radica en sacar la voz del confinamiento doméstico para colectivizar lo que el sistema neoliberal clasifica como un secreto a voces. La queja deja de ser un lamento individual para transformarse en un posicionamiento ético y político que reclama su lugar en la biografía y en la historia económica de la región. Meridiano abre sus páginas a una verdad desprovista de maquillaje literario.
Pelayo, M. B. (Coord.). (2026). Maternidades a capela. Editorial UAN







