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Cuando ser mala persona es una ventaja

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Reflexión a partir de la columna «El triunfo de los infames», de Jorge Zepeda Patterson, publicada el 8 de julio de 2026 en El País

Jorge Zepeda Patterson arranca con una ley de mercado que le sirve de premisa: «nadie se hace rico ofreciendo disculpas o pidiendo permiso». El capitalismo, dice, premia a quien se adelanta sin escrúpulos, y su prueba es la fortuna de Elon Musk. No afirma que el éxito patrimonial sea proporcional al egoísmo, pero, a juzgar por las listas de Forbes, sostiene que la falta de decencia «ayuda», algo inscrito en la lógica del sistema.

El salto de la columna es llevar esa ley a la política. Durante mucho tiempo, recuerda, un político debía presumir su probidad y su vocación por el bien común, pero «eso quedó atrás». Hoy el éxito público se asocia, escribe, «a la desmesura, a la capacidad de ofender o someter a otros», a no detenerse ni ante la ley. Y aquí coloca su dato más fresco, la reciente victoria de Abelardo De la Espriella en Colombia, el abogado de derecha respaldado por Trump que ganó la Presidencia en junio, como confirmación de que los perfiles antes impresentables se volvieron la mejor apuesta electoral. Ni siquiera sus seguidores, apunta, consideran buenas personas a Trump, Netanyahu, Milei o Putin; muchos creen que es por no serlo que resultan los líderes que su país necesita.

Para aterrizarlo en México, Zepeda recurre a la analista Viri Ríos, que en El País advirtió sobre el error de atacar a Ricardo Salinas Pliego, el empresario con ambiciones políticas, enumerando sus defectos, porque eso sólo le da más exposición. La cita que rescata es filosa, «la vulgaridad jamás ha impedido que el electorado mexicano apoye a un candidato», y Ríos lo ilustra con la campaña de Vicente Fox, cargada de insultos misóginos y clasistas.

De ahí surge la pregunta que sostiene el texto. Esa fascinación mundial por figuras que hacen de su patanería y su prepotencia un argumento para trepar al poder, ¿«llegó para quedarse»? El columnista la desdobla en dos hipótesis: o es una moda de estos tiempos de cinismo, o estamos ante «una espiral en caída libre», una degradación sin fondo de la vida pública.

Para medir la caída,  invoca una memoria reciente. No hace tanto, Barack Obama conquistó el voto estadounidense apelando a la esperanza y la decencia, y aunque el columnista concede que Obama fue «en muchos sentidos una desilusión», reconoce que llamaba al voto con esas banderas. Mujica, en Uruguay, las llevó a la práctica. La duda es si esos valores volverán algún día a ganar elecciones.

El columnista traslada la cuestión al terreno práctico. Los cuartos de guerra de los partidos, dice, se debaten hoy entre dos moldes: proyectar candidatos «fuertes, vengadores, dispuestos a todo» o perfiles de sensibilidad y prudencia. Y el dilema alcanza a los gobernantes en funciones, porque su legitimidad depende cada vez menos de los resultados, que tardan, y más de la percepción inmediata de lo que dicen y hacen. El problema, resume, es que ya no está claro cuál imagen conviene, la de las banderas de Obama o «los embates arrebatados» que Trump y Milei pusieron de moda.

El cierre es una apuesta esperanzada y una exigencia. Zepeda confía en que el péndulo regrese, en que la opinión pública se harte de «estos jilgueros pendencieros e irresponsables» y vuelva a premiar la decencia y la empatía. Pero advierte que eso no ocurrirá por sí solo: exige un cambio en todos los que habitamos el espacio público, en la sobremesa y en las redes. Su última frase es la más dura, no sucederá «mientras sigamos construyendo trincheras en lugar de puentes» y creamos que nuestras certezas nos eximen de entender al otro.

Vale anotar la distancia editorial. La columna pertenece al género de la opinión, y sus etiquetas, «infames», «jilgueros pendencieros», son juicios del propio Zepeda, con los que sus adversarios no coincidirían: quienes votan a esos líderes suelen verlos como hombres fuertes y auténticos, ajenos a la corrección de las élites, más que como patanes. El único dato duro, la victoria de De la Espriella, es verificable y reciente. Lo demás es una lectura de época, legítima y discutible.

El valor del texto está en cómo reformula un lamento moral en una pregunta estratégica. No se limita a deplorar a los groseros que ganan; se pregunta si la decencia todavía puede ganar votos, y responde con una hipótesis incómoda, que el problema está tanto en los candidatos como en el público que los premia. Por eso su cierre apunta al lector más que a los políticos: si la vida pública se degrada, algo tendrá que cambiar en la forma en que todos discutimos. Para el mexicano que hoy mira crecer a más de un aspirante de ese molde, la advertencia llega en buen momento.

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