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Tres jugados, tres perdidos

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Reflexión a partir de la carta «Ñamérica se hunde, España flota», de Martín Caparrós, publicada el 7 de julio de 2026 en El País, dentro de la serie «Un mundial de ida y vuelta»

Martín Caparrós abre con el resultado que lo ordena todo: España ganó su «duelo íntimo» contra Portugal, 1-0, con un gol de Merino en el minuto 90. Antes del futbol, el cronista se permite una digresión histórica que es también su tesis: hubo siglos en que ese partido habría sido imposible, porque Portugal y España «eran lo mismo, trozos de una historia», y solo los azares de reyes y dinastías los separaron, tanto que Portugal podría haber sido otra región como Galicia o Aragón. Que hoy los creamos entidades eternas es, para él, «la famosa trampa de la patria, propósito y despropósito de los mundiales».

Del origen pasa al juego, y no lo perdona. Uno de los partidos con más talento del torneo, dice, se resolvió lejos de los arcos, porque España es «la campeona del Futbol Medusa», ése que petrifica los encuentros a fuerza de pases. La pelota circulaba bien de los dos lados, pero cerca de las áreas «toda esa distinción se deshacía en cortes y rebotes», y el único ataque claro de la Roja fue el gol de Merino, cuando ya parecía que iban a tocar para siempre.

El desenlace le regala un gusto personal, la despedida de Cristiano Ronaldo. Caparrós lo trata sin piedad, como «el supremo egoísta», el «monumento de carne» al yo, y celebra que haya cruzado tantos Mundiales «sin conseguir nada», con la esperanza de que su ejemplo de «individualismo y falta de solidaridad» pierda prestigio entre los jóvenes. El dato confirma la escena, con la eliminación, Ronaldo anunció su adiós a las Copas del Mundo.

Pero la fiesta española tiene, para él, una contracara amarga. Desde su páramo serrano, donde vive «bajo los ruidos del silencio», el grito del gol estalló entre los pinos, y sin embargo su balance «es una lágrima»: «tres jugados, tres perdidos». En dos días, resume, tres europeos, Francia, Noruega e Inglaterra, hundieron a tres «ñamericanos», Paraguay, Brasil y México, con la palabra Ñamérica que él acuñó para nombrar a la América que habla español.

El que más le duele es el de Villoro. Le devuelve su propia frase, «sufrimos porque ese equipo en verdad nos importaba», y agrega su matiz: una cosa es ver perder a un equipo condenado, y otra a uno «que parecía encaminado». Nota, con cariño, que su amigo ni siquiera recurrió al clásico consuelo mexicano, «jugamos como nunca y perdimos como siempre», porque esta vez, tras cuatro partidos ganados e invictos, de verdad habían jugado como nunca. El reproche táctico es preciso: cuando Inglaterra se encerró, «el profesor Aguirre quiso atacar con la cabeza», pero tirar centros para los altos exige jugadores que sepan tirar centros, y no era el caso. Le divierte, en medio de la rabia, que México lograra que hasta un arquero inglés recurriera al «viejo truco sudaca» de retener la pelota y tirarse al suelo para ganar segundos.

De ahí una de esas digresiones que son la marca de la casa. Antes del Francia-Paraguay, cuenta, quiso escribirle sobre el dictador José Gaspar Rodríguez de Francia, que gobernó Paraguay con mano de hierro en el siglo XIX y quería el monopolio de la yerba mate. Cuando el botánico francés Aimé Bonpland intentó estudiar su cultivo, Francia lo mandó secuestrar y lo retuvo cerca de diez años, hasta que la presión internacional, con Simón Bolívar amenazando con tomar Asunción, lo liberó. El episodio es real, y Caparrós lo remata con una pregunta que resume su melancolía, «¿cuántas cosas vamos dejando de lado por el futbol?».
Con Brasil es implacable, y lo advierte de entrada, «si alguna vez un supuesto argentino te dice que se alegra de un triunfo brasilero, pídele el pasaporte». Le sorprende ver a la Canarinha convertida en «un equipo chico acostumbrado a la derrota», encima con técnico italiano, Ancelotti, y jugando «acurrucado atrás», al modo del catenaccio de Helenio Herrera. Su pareja de centrales, ironiza, «se comió dos goles del 9» ante Noruega, y los despide con una broma tomada de Douglas Adams, «so long, Marquinhos y Gabriel, and thank you for the fish».

El único elogio sin reservas es para ese 9, Erling Haaland, más por cómo festeja los goles que por los goles mismos. En una época en que las estrellas menores inventan coreografías «para ese tanto que llega cada tanto», Haaland, que los hace en racimos, los recibe con «una sonrisa casi sorprendida», como quien piensa qué curioso, otra vez me pasó lo mismo. En «un planeta de narcisistas sin careta», concluye Caparrós, esa modestia genuina resulta lo más asombroso del personaje.

El tramo final es pura sátira política. «Anoche Donald Trump fue el 9 de Estados Unidos», escribe, «disfrazado de Folarin Balogun», el delantero hijo de nigerianos nacido en Nueva York, criado en Londres y al cabo naturalizado estadounidense. Bélgica goleó a Estados Unidos, y Caparrós imagina a Trump, que «atacó al futbol y lo matoneó» sin que el futbol supiera defenderse, dudando entre exigirle a Infantino los goles que su equipo no supo hacer o «conformarse con unos miles de millones en bitcoins». El retrato incluye a Pochettino, el técnico argentino de Estados Unidos, que en el papelón habría reaccionado «al mejor estilo Milei, yo digo lo que diga el jefe». Son, conviene subrayarlo, caracterizaciones del propio Caparrós, filosas y de parte.

La carta cierra con la mirada puesta en Argentina, que cuando él escribía aún no jugaba contra Egipto. Cuenta que Scaloni recurrió «a lo mejor», al «5 de Boca, don Leandro Paredes», y le confiesa a Villoro que, a falta de México, sabe que se inclinará por los argentinos. El deseo se cumplió, a esta hora Argentina ya venció a Egipto, con más drama que holgura. La pieza confirma el método de Caparrós, el de convertir una jornada de eliminaciones en un ensayo sobre el poder y la identidad. Donde Villoro despedía a su equipo con ternura, Caparrós despide a toda una región, y deja una idea incómoda, que en el futbol, como en el mundo, el norte próspero sigue hundiendo al sur, y que la patria, esa que hoy llora en tres idiomas parecidos, es también la más vieja de las ficciones.

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