Durante los últimos años, los médicos me han recomendado distintas formas de afrontar los males de la vida: hacer dieta, dejar el alcohol, procurar más ejercicio, salir a caminar o hasta ir a la Iglesia y acercarme más a Dios. Yo, que soy un fiel devoto… de la ciencia, decidí tomar la sugerencia más fácil y entretenida: caminar por horas en la ciudad.
En mi trayecto me acompañó como escudero uno de mis sobrinos, de esos que están en la edad de conocer el mundo. Le marqué como destino el bulevar Colosio, una zona que compartimos los que pretendemos ejercitarnos en nuestro tiempo libre y quienes buscan regresar a casa del otro lado del río.
Tomamos camino por las calles encharcadas de una ciudad que lucía fresca después de una imponente lluvia vespertina. Con ánimos de aventura, quería mostrarle un atajo que nos permitiría cruzar el río sobre las vías del tren, pero el aullido del ferrocarril nos alertó de la mala idea y tuvimos que recorrer el sendero tradicional.
Atravesamos la muralla naranja que se improvisó en el cruce con la avenida P. Sánchez, y por unos segundos, la civilidad nos hizo avanzar sobre las banquetas destrozadas junto al río. Hasta que caí en cuenta:
—Podemos caminar por la calle, está tapada.
Así, el asfalto se convirtió en un sendero de preguntas, respuestas y recuerdos.
Entre los desolados negocios del bulevar, ya se observan los trabajos del que será el Puente Luis Donaldo Colosio, una vialidad que promete acabar con uno de los problemas de movilidad urbana provocados por el cruce del ferrocarril.
—¿Para qué son esos fierros? — me preguntó mi sobrino, sin saber que yo de construcción no tengo mayor idea que él.
—Ha de ser para fortalecer la obra — concluimos.

El trayecto avanzaba al ritmo de las bocinas de los trabajadores que tenían los corridos a todo volumen. El muro naranja guiaba el camino de quienes atravesaban a pie las vías que durante años desquiciaron a los automovilistas tepiqueños.
De esas infames vías guardo recuerdos como niño criado en las colonias del otro lado del río. La memoria me remontó a los años en que caminábamos en busca de aventura hacia el bulevar Colosio. Ver el ferrocarril era un espectáculo que no solo veíamos y escuchábamos, sino que también palpábamos, sin conciencia del peligro.
Recuerdo brincar entre los vagones, caminar sobre las vías y hasta poner una moneda para mirarla aplanarse ante el paso inevitable de La Bestia.
Remembranzas que fueron interrumpidas por el cuestionamiento de mi curioso escudero.
—¿Qué es ahí, chito?
Señalaba un reconocido motel de la zona. Yo, que consideré que ya tenía edad para aprender sobre la vida adulta, le expliqué la historia de esos lugares.
—Son como hoteles. Se llaman moteles porque vienen de la combinación de motor y hotel, algo así como hoteles para automóviles. Se crearon especialmente para las personas que vienen de paso en la ciudad y buscan descansar una noche.
—Son para que duerman los carros entonces — soltó con la pícara risa de alguien que acababa de hacer una inocente broma.
Cruzadas las vías del tren, las obras se ponían más serias. Una trabajadora coordinaba el movimiento de un camión para tirar el escombro a un costado del paso peatonal. El pavimento y los camellones estaban destrozados. Una grúa gigantesca, que después me enteré era una piloteadora, perforaba el pavimento para extraer tierra y aguas negras en lo que supuse serían los cimientos del nuevo puente. Como si fuera una obra de teatro, el personal danzaba de un lugar a otro, entre campamentos improvisados para hacer frente a las lluvias.

A un costado de la obra, un salón de eventos parecía alistarse para ser sede de una fiesta que ni las calles cerradas iban a arruinar.
Después de unos minutos de contemplación, retomamos nuestro camino con rumbo a nuestro objetivo principal: hacer ejercicio sobre el bulevar Colosio.
Otros tramos cerrados nos permitieron reapropiarnos de la transitada vialidad convertida ahora en sendero. También lo hacían un par de niños que utilizaban las vallas del tramo como puntos de partida y meta para jugar unas carreritas.
La escena trasladó mi mente al momento en que, durante la pavimentación y arreglo del drenaje de las calles aledañas a mi cuadra, jugábamos entre socavones a escondernos y arrojarnos piedras. Incluso hubo quienes sin miedo a nada aprovechaban las fugas para improvisarse una alberca.
Finalmente, una bandera de la CATEM marcaba el final del tramo en construcción, como un emblema del gremio de trabajadores detrás de esta obra y de muchas otras que se han desarrollado a lo largo del país. Una obra que, aunque es federal, usa el mismo chaleco guinda que se presume en las edificaciones estatales y municipales. Curiosamente un anuncio menos conflictivo que la patriarcal alerta de: “¡Cuidado hombres trabajando!”, que se usó durante muchos años.

Pero, de vuelta a lo nuestro, el accidentado trayecto se despejó y pudimos retomar nuestro ejercicio en el bulevar de los contrastes.
Lo mismo ves a una mujer profesionista, con una bicicleta costosa, casco, rodilleras, coderas y todo lo necesario para su seguridad, que a un hombre con camisa de resaque, pantalón desgastado y lleno de mezcla, sobre una bicicleta que apenas carga con el peso de una dura jornada laboral
Además, observas al maratonista aprovechar su tiempo libre para ejercitarse con tenis de última tecnología, posiblemente comprados en una tienda departamental donde trabaja la mujer, que con el rostro y los pies cansados, regresa caminando a su hogar tras una jornada en la plaza comercial.
—Siempre me he preguntado qué hay del otro lado de estos puentes — soltó pensativo mi sobrino mientras veía a la gente atravesar el río.
La pregunta me puso a reflexionar. ¿Cómo explicarle que de allá venimos?







